Trabajar en Lasarte, el primer tres estrellas Michelin de Barcelona, fue una de las experiencias más exigentes y transformadoras de mi vida. Allí aprendí que la excelencia no es una meta, sino una forma de pensar. Todo tenía un porqué: la posición exacta de un cubierto, el ángulo de un plato, el tiempo entre una mirada y una acción. El nivel de tecnicismo era quirúrgico; cada gesto tenía peso, cada detalle contaba. El perfeccionismo, lejos de ser una presión, se convertía en un lenguaje.
Reto
Me enseñó a trabajar con una precisión casi milimétrica, a anticipar necesidades, a ofrecer una experiencia que no se mide con palabras, sino con emociones.
Había días en los que el ritmo era brutal y la exigencia te obligaba a sacar una versión de ti que ni sabías que existía. Y es justamente ahí donde entendí lo que significa la alta gastronomía: una mezcla de arte, disciplina, sensibilidad y presión constante.
Resultados
Salir de ese restaurante cada noche era salir distinto: más técnico, más profesional y, sobre todo, más humano.
Esa experiencia marcó mi manera de ver la restauración para siempre.